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La Coctelera

Instanteca

Colección de instantes de la vida misma, que traigo desde mi memoría muy fresquitos, recién vividos, con la esperanza de poder alargar su duración o diluir sus efectos.

19 Septiembre 2008

Firma (y III)

—Es muy curioso, doctora —dijo el hombre de la barba blanca que había en el centro—. Su informe es casi idéntico al del paciente que hemos analizado antes... ¿no?... A ver... Sí, ese que firmó con tanta fuerza que llegó a perforar el papel —dijo rebuscando entre sus papeles hasta que separó uno del montón perfectamente ordenado que tenía delante—. ¿No le parece una extraña casualidad?

—Tiene razón, señor director. De hecho, sus firmas son muy similares salvo por leves variaciones, pero parecen estar gestadas sobre un molde común. Aunque, en cualquier caso, el resultado de ambos informes es tan rotundo que anula cualquier posibilidad de error.

—La incorporación de la grafología al estudio y previsión de delitos artísticos ha consolidado un enorme avance de esta ciencia —subrayó el director—. ¿Qué sería del Gran Orden Mundial, si permitiéramos que toda esa ralea de poetas y escritores anduviesen por ahí sueltos? Bien, pues, por tanto, que lo mantengan sedado, que retiren sus efectos personales y cualquier posible motivo de inspiración de su cuarto de recluimiento. ¡Ah! Y si tiene seudónimo, que se lo borren también y lo dejen a nombre desnudo.

Yo hubiese protestado, les habría hablado del despacho, del contraluz, de la mesa gris, de que tuve que apartar las sillas. Les habría explicado la muesca que aún estaba fresca en la mesa en la que firmé. Que esa firma no era la mía, que podía demostrárselo a todos ahora, que yo ni siquiera sé escribir...

Pero no pude evitarlo. Cuando adiviné que me retirarían tus fotos, tus cartas, tus palabras y, por si fuera poco, además, mi diario, creí enloquecer. Me levanté como un resorte intentando desasirme del abrazo de los enfermeros —quien dijo que un abrazo es una trampa dulce se equivocó por completo, porque también hay trampas amargas en todos los brazos—, que me acabaron tirando al suelo. Un pinchazo es lo último que recuerdo...

Y aquí sigo, dormido y despierto, víctima de la grafología, buscando un hilo que me saque de este laberinto del sueño. Si me has leído, desconfía. Y ten cuidado con dónde firmas, porque puede que también a ti quieran meterte dentro.

Pero... espera un momento... No vienes a rescatarme, ¿verdad? Si has... si sólo has venido a... leerme... ¡Es que estás a punto de firmar!

servido por instanteca 5 comentarios compártelo

5 comentarios · Escribe aquí tu comentario

cntrcrrnt

cntrcrrnt dijo

conoces el libro, dejame que te cuente??
es de jorge bucay
alucinante
quiza t guste, buscalo!

19 Septiembre 2008 | 12:58 AM

lucia3

lucia3 dijo

He vivido este verano una situación tremenda dentro de una insitución mental con alguien muy cercano a mi, y a quien salvó la escritura.
Me ha gustado mucho tu relato, y me ha emocionado, porque eran escenas muy recientes aún. Sin escribir, sin poder leer, sin los sueños........me volvería loca, pero compendo que para el resto de la gente, que no necesita los libros ni expresarse dándole forma a las palabras, somos bichos raros, que es conveniente mantener bajo control porque podemos ejercer una mala influencia.
Un placer leerte.
Un abrazo.

19 Septiembre 2008 | 07:42 AM

locaporlaluna

locaporlaluna dijo

Delitos artísticos? pahhhh y dónde podemos conseguir abogados?
yo, por las dudas, no firmo nada de nada

20 Septiembre 2008 | 02:24 AM

flor_deloto

flor_deloto dijo

Yo, menos!
Buuuuuuuuuuu

20 Septiembre 2008 | 02:31 AM

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Sobre mí

Padezco un grave desorden mental degenerativo cuya sintomatología consiste en pasar mucho rato navegando en internet, diseñando páginas web para nadie, recorriendo desconsolado los arrabales del irc o skypeando a deshoras. En fases agudas, escucho canciones de Serrat o investigo trucos matemágicos. Lo más grave es que, en ocasiones, veo vivos.

Así que decidí convertir este lugar en un remanso desesperado destinado a conseguir empatía y simpatía. Un intento biográfico de superar la desoladora sensación de ser único y esperar sin miedo el profundo consuelo de no serlo.

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