Firma (y III)
—Es muy curioso, doctora —dijo el hombre de la barba blanca que había en el centro—. Su informe es casi idéntico al del paciente que hemos analizado antes... ¿no?... A ver... Sí, ese que firmó con tanta fuerza que llegó a perforar el papel —dijo rebuscando entre sus papeles hasta que separó uno del montón perfectamente ordenado que tenía delante—. ¿No le parece una extraña casualidad?
—Tiene razón, señor director. De hecho, sus firmas son muy similares salvo por leves variaciones, pero parecen estar gestadas sobre un molde común. Aunque, en cualquier caso, el resultado de ambos informes es tan rotundo que anula cualquier posibilidad de error.
—La incorporación de la grafología al estudio y previsión de delitos artísticos ha consolidado un enorme avance de esta ciencia —subrayó el director—. ¿Qué sería del Gran Orden Mundial, si permitiéramos que toda esa ralea de poetas y escritores anduviesen por ahí sueltos? Bien, pues, por tanto, que lo mantengan sedado, que retiren sus efectos personales y cualquier posible motivo de inspiración de su cuarto de recluimiento. ¡Ah! Y si tiene seudónimo, que se lo borren también y lo dejen a nombre desnudo.
Yo hubiese protestado, les habría hablado del despacho, del contraluz, de la mesa gris, de que tuve que apartar las sillas. Les habría explicado la muesca que aún estaba fresca en la mesa en la que firmé. Que esa firma no era la mía, que podía demostrárselo a todos ahora, que yo ni siquiera sé escribir...
Pero no pude evitarlo. Cuando adiviné que me retirarían tus fotos, tus cartas, tus palabras y, por si fuera poco, además, mi diario, creí enloquecer. Me levanté como un resorte intentando desasirme del abrazo de los enfermeros —quien dijo que un abrazo es una trampa dulce se equivocó por completo, porque también hay trampas amargas en todos los brazos—, que me acabaron tirando al suelo. Un pinchazo es lo último que recuerdo...
Y aquí sigo, dormido y despierto, víctima de la grafología, buscando un hilo que me saque de este laberinto del sueño. Si me has leído, desconfía. Y ten cuidado con dónde firmas, porque puede que también a ti quieran meterte dentro.
Pero... espera un momento... No vienes a rescatarme, ¿verdad? Si has... si sólo has venido a... leerme... ¡Es que estás a punto de firmar!





cntrcrrnt dijo
conoces el libro, dejame que te cuente??
es de jorge bucay
alucinante
quiza t guste, buscalo!
19 Septiembre 2008 | 12:58 AM