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La Coctelera

Instanteca

Colección de instantes de la vida misma, que traigo desde mi memoría muy fresquitos, recién vividos, con la esperanza de poder alargar su duración o diluir sus efectos.

17 Septiembre 2008

Firma (I)

Me decepcionó un poco la primera impresión. Esperaba un sitio más lúgubre, de esos que parecen suspendidos en el tiempo, con menos luz y algún fuerte olor a incienso, o a tabaco, o a sudor. Pero lo cierto es que parecía una oficina triste sin más, escueta y desordenada, impersonal.

El tamaño, en cambio, se parecía bastante al que mi fantasía había elucubrado cuando me insinuaron que debería hacer la prueba. Tuve que apartar un par de sillas para acceder a la mesa rectangular y gris desde la que, en un juego de contraluz más mísero que misterioso, una silueta me invitaba a pasar.

Al acercarme fui observando cómo aquel destello se aclaraba hasta convertirse en una chica joven —al menos, más que yo—, que extendió su mano de dedos gorduelos y uñas pintadas hacia mi llegada.

No me dejó apretársela, no sé si miedo o timidez, porque la retiró enseguida, resbalando por la mía como un pez eludiendo el anzuelo, en un leve roce que me sirvió para intuir la frialdad de los muchos anillos plateados que llevaba en los dedos.
—Siéntese, por favor. Necesito que firme aquí —dijo entregándome un folio blanco y un bolígrafo en el que reconocí el nombre de una marca.

Intentando evitar esa pertinaz resistencia que el papel impoluto siempre me opone, lo dejé caer de cualquier manera sobre la mesa, al tiempo que pregunté:
—¿Dónde quiere que firme?
—Donde usted quiera —respondió mientras ordenaba papeles en su lado de la mesa—. Esa es una parte del test.

Cogí el instrumento, apoyé el codo en la mesa y sujeté el papel con la otra mano. Entonces, justo a la altura a la que mi mano topó con el folio, intenté hacer mi rúbrica.

Pero, no sé, algo pasó con la punta que me desvió la trayectoria y el trazo salió torcido, forzado, tembloroso, falso. Levanté el papel y me di cuenta que la mesa no estaba completamente lisa, sino que tenía marcas en su melamina gris, como de huellas de otras firmas de los tantos que alguna vez hemos firmado allí.

servido por instanteca 6 comentarios compártelo

6 comentarios · Escribe aquí tu comentario

locaporlaluna

locaporlaluna dijo

Cuánto suspenso, me tembló la emoción. Ay...si los escritorios hablaran....!
un besoooooo

17 Septiembre 2008 | 12:52 AM

flor_deloto

flor_deloto dijo

Ay Loquis, siiiiiiiiii, jajaja, prefiero que sean mudos!
Y hablando de mudos, quedé muda de la intriga!
Epa, ya suelta el Firmas II .... porfis.
mua, mua.
tic, tac

17 Septiembre 2008 | 01:01 AM

lucia3

lucia3 dijo

La gente que no estrecha la mano con fuerza (sin hacer daño) no me inspira confianza, y además con ese sitio siniestro y lúgubre....no sé, mejor que no te llamen.
Un abrazo.

17 Septiembre 2008 | 07:44 AM

Fernando

Fernando dijo

La mesa era la memoria caligrafica peremne
Una especie de registro-subsconsciente historico de personas llevado a las piedras modernas,que son las funcionarias mesas.
Tras la firma el brazo y tras el brazo el honor...Que decia Dumas
Buen dia!

17 Septiembre 2008 | 09:20 AM

lo-que-hay

lo-que-hay dijo

Hola instanteca
Hay que ver como se pone uno nervioso cuando va a firmar algo importante.
saludos

17 Septiembre 2008 | 08:25 PM

sortilegiosymemorias

sortilegiosymemorias dijo

Excelente. A ti te inspiró un poema donde pides su infinito.
Yo simplemente le pido que me eche de su vida porque yo no soy capaz de irme sola.
Acabo de leer "El libro de los abrazos" y hoy precisamente he trabajado sobre esta canción. Gracias. Una buena coincidencia. Me hace sentir bien.
Me paseo por tu blog... con tu permiso.
Un saludo.

18 Septiembre 2008 | 11:06 PM

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Sobre mí

Padezco un grave desorden mental degenerativo cuya sintomatología consiste en pasar mucho rato navegando en internet, diseñando páginas web para nadie, recorriendo desconsolado los arrabales del irc o skypeando a deshoras. En fases agudas, escucho canciones de Serrat o investigo trucos matemágicos. Lo más grave es que, en ocasiones, veo vivos.

Así que decidí convertir este lugar en un remanso desesperado destinado a conseguir empatía y simpatía. Un intento biográfico de superar la desoladora sensación de ser único y esperar sin miedo el profundo consuelo de no serlo.

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