Anomalías de la suerte (y III)
Hasta que, directamente, cuando la suerte quiso entregar una carta de las tantas que repartía, el afortunado la rechazó. La suerte lo intentó varias veces siempre con el mismo resultado. Picada por la curiosidad, adoptó forma de mujer y se infiltró con paciencia en la vida de aquel escritor aficionado, que a eso se dedicaba el susodicho, hasta el punto que se enamoró. No se sabe bien si de él mismo o de sus letras.
El caso es que, una noche, él la invitó a su casa con la timidez de quien nunca espera fortuna. Y ella aceptó pensando en entregar la carta, pero se dejó llevar por las hormonas adquiridas en su cuerpo de mujer.
Nunca entregó la carta, nunca se separó de su disfraz. Aquella noche yacieron y exprimieron la luna hasta el amanecer a fuerza de reventar los sentidos. Cuando un rayo de sol que atravesó un agujero de la persiana los sorprendió abrazados en la cama y despertaron, él, en lugar de buenos días, le confesó en voz alta:
—La suerte quiso entregarme la carta, pero yo la rechazé. Y, sin embargo, al despertar y tenerte todavía en mis brazos, me he sentido el hombre más afortunado del mundo. La suerte sólo es un sentimiento.
Ella no contestó y se quedó pensativa. Se quedó absorta, concentrada, incluso parecía adivinarse que preocupada. Se quedó reflexionando sobre lo ocurrido, sobre lo escuchado y sobre lo vivido. Se quedó indecisa, triste y alegre, real y ficticia, nerviosa y tranquila. Pero se quedó.
Y, al día siguiente, nadie ganó. Bueno, nadie... excepto yo.
Este texto imaginario está basado en un hecho real, cuya lectura recomiendo fervientemente. Se trata de “Las intermitencias de la muerte” de José Saramago, gran escritor portugués ganador del premio Nobel de Literatura en 1998.
Y quiero dedicárselo a la suerte. A la suerte de haberte conocido.







now dijo
Mira que pedazo de cuento-poema que te has escrito. Pero has de saber que la suerte hay que ayudarla con la fe.
Abrazo
16 Febrero 2008 | 01:35 AM