Ciclos (I)
Desde que yo recuerdo, mis años siempre comienzan en septiembre y acaban en junio. Y el verano es una prórroga, un añadido especial que sólo cuenta para los niños, un paréntesis en el que la vida afloja el paso, se vuelve volátil y se hace aún más leve su transcurso.
Junio me deja siempre en un estado de ánimo reflexivo, mirando atrás, cerrando círculos, escarbando en la memoria los instantes que se escapan como agua entre las manos, imaginando que hay un futuro más allá del verano.
Pero en diciembre, aunque con mucha menos intensidad, no puedo sustraerme a la sensación general de fin de ciclo que todo el mundo expresa de una forma u otra. La revisión del año que termina, los deseos para el que comienza, los brindis que emplazan citas para un futuro incierto pero irrenunciable, la renovación de promesas personales aun sabiendo que difícilmente se cumplirán...
En estos días le doy vueltas a algunos de esos asuntos —meditar es demasiado “palabro” para mis pensamientos de mucho ruido y pocas luces— con los que me vuelvo a asombrar periódicamente y que me acaban produciendo unas cuantas certezas emotivas, que, al fin y al cabo, son las únicas certezas posibles.
Lo primero que me viene a la cabeza es la imparable aceleración de la vida. Al niño que fui le parecían larguísimos los años, empeñado como estaba en “ser mayor”, en entrar en el mundo adulto que tenía alrededor y que parecía tan apetecible. Pero conforme han ido llegando arrugas, se han acortado los años que, ahora, no son más que parpadeos que nadie puede detener en su caída libre.
Además, la memoria ayuda contrayendo los recuerdos, perdiendo fechas en el mar de los días, manipulando momentos y poniendo, al lado unos de otros, instantes que ocurrieron separados por tanto tiempo que casi casi podrían pertenecer a distintas vidas.
Me sorprende profundamente la pasmosa naturalidad con la que aceptamos la fuerza centrífuga del mundo, que aparta de nuestro lado, por diversos motivos, casi siempre tristes, a seres que, en cada momento, sentimos como queridos. Ausencias más o menos breves —y a veces, definitivas— de aquellos que nos dejaron huella al mismo tiempo que con ella se llevan parte de lo que fuimos.




oliveria 77 dijo
Yo me siento impotente con el año que se va, y al que viene lo siento imponente. Siempre me pasa lo mismo. El fin de año del otro año, sentiré lo mismo por el uno y por el otro.
Lo que sí cambia es la manera de mirarme a mí misma. Antes me sentía David pudiendo derrotar a Goliat. Hoy soy más modesta e intento poder darle una pedrada en la frente a cada día que paso.
Un beso mi querido y reflexivo amigo...
27 Diciembre 2007 | 12:23 AM