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La Coctelera

Instanteca

Colección de instantes de la vida misma, que traigo desde mi memoría muy fresquitos, recién vividos, con la esperanza de poder alargar su duración o diluir sus efectos.

16 Diciembre 2007

Limonero

El sol se esconde por detrás de las casas del vecindario y el paisaje se tinta de ese gris borroso que empaña los demás colores. Hace un frío de huesos encogidos, un frío que solivianta la piel más curtida con su abrazo irresistible de claridad.

Le queda poco tiempo a la tarde. La despido exhalando bocanadas de vaho mientras contemplo el espectáculo mudo del patio. Se van apagando los verdes, fundiéndose a marrón, y las baldosas se igualan en un ocre oscuro.

Ya es de noche. Puedo decirlo con toda exactitud porque arriba, en el parterre pequeño que acompaña el viaje estático de la escalera, se ha encendido el limonero con todo su cargamento amarillo. Destaca intensamente por entre el mimetismo del celindo y sobre la mediocridad de los cipreses.

Hace dos febreros que una nevada acabó con su apogeo —puede que juvenil—. ¡Qué pena me dio, tan chiquitito! ¡Cuánto lo quise al podarlo! Apenas quedó una vara clavada en el suelo en la que, aunque nadie pudiera verlo, hibernaba la vida deseando explotar.

Sin ruido, se fue poblando de ramas primero, de flores aisladas después y, por último, de bolitas verdes confundidas entre las hojas. Pero de golpe, en poco más de un mes, todos los limones se han encendido y su amarillo ilumina la escalera con más brillo que el que podría dar ningún árbol de navidad.

Para mí es un símbolo, un tesoro. Porque al mirarlo, con las manos en los bolsillos, comienzo a entender que hay que deshacerse, como de ramas rotas, de todos los recuerdos que nos estorban.

Que no hay final que no pueda convertirse en principio, que lo más grande primero fue pequeño. Y que, tarde o temprano, todas las criaturas acaban mostrando lo que llevan escondido dentro.

Ahora recuerdo aquella nevada y cómo me pareció desgracia. Y, sin embargo, tal vez fue la nieve, con su abrazo de hielo, la que llevaba escondida en su tez blanca el esplendor del limonero.

Subiendo la escalera —se ha cerrado la noche—, me vienen a los labios estos versos de Miguel Hernández que tarareo con música de Serrat mientras pienso que la suerte no depende del azar. La suerte es un sentimiento.

servido por instanteca 4 comentarios compártelo

4 comentarios · Escribe aquí tu comentario

cavilante

cavilante dijo

Los recuerdos que estorban son acciones u omisiones pasadas remediables. Los actos irremediables no estorban, desaparecen al fundirse la nieve o, como esas ramas rotas, se funden en el humus de la tierra (pensamiento) biodegradados.

Los recuerdos dolorosos sólo persisten en imágenes que se fijan en la memoria para flagelo propio, en un martirologio estéril.

Cavilo yo.

16 Diciembre 2007 | 02:29 AM

flor_deloto

flor_deloto dijo

Nunca dejas bien parados a los pobres cipreses, creo que los tratas con displicencia, y lo digo con cierto sentimiento porque es un árbol que crece mucho en mi tierra, en donde siempre se habla con orgullo del 'ciprés patagónico'. Claro que es incomparable al destello de oro de un limonero, son dos cosas distintas, es como comparar recuerdos. Los recuerdos que han ganado espacio no estorban. Los recuerdos que estorban son obsesiones nuestras, que no deberían estar allí, no debemos reeditarlos, debemos despedirlos cada vez que golpean la puerta.

[ tic, mua, tac ]

16 Diciembre 2007 | 05:17 AM

destino

destino dijo

de hecho es que todo final
también es un principio...

la suerte está ahí
que sea buena o mala
solo depende de como tú
la quieras mirar.
curioso que cambies el cristal y que lo que era negro es amarillo
y ya no te sientas mal.

besos domingueros
¡¡¡¡cogelos que mañána no vendran...

16 Diciembre 2007 | 08:37 AM

Fernando

Fernando dijo

Es el arbol de navidad mas bonito¡¡

16 Diciembre 2007 | 10:20 AM

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Sobre mí

Padezco un grave desorden mental degenerativo cuya sintomatología consiste en pasar mucho rato navegando en internet, diseñando páginas web para nadie, recorriendo desconsolado los arrabales del irc o skypeando a deshoras. En fases agudas, escucho canciones de Serrat o investigo trucos matemágicos. Lo más grave es que, en ocasiones, veo vivos.

Así que decidí convertir este lugar en un remanso desesperado destinado a conseguir empatía y simpatía. Un intento biográfico de superar la desoladora sensación de ser único y esperar sin miedo el profundo consuelo de no serlo.

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