Papel amarillo (y II)
Notaba calor en el rostro y un zumbido en los oídos. Había sido un fallo tan tonto, una inexperiencia de chiquillo. Molesto conmigo mismo, el último día del plazo, alterado de pensar en otra mañana perdida de atascos y colas, me puse pálido recogiéndolo todo.
—Espere, quizá tenga arreglo —la expresión de la chica había cambiado completamente. En un principio supuse que al ver mi azoramiento—. Haremos una fotocopia del original y la utilizaremos en lugar de esta copia. Vuelvo enseguida.
Un minuto le bastó a ella para estar de vuelta y a mí para recuperar el color. Grapó, selló, repartió en bandejas, me ofreció los resguardos.
—Bien, ya está todo, ha tenido arreglo —dijo casi a la vez que yo le daba las gracias y expresaba lo amable que había sido conmigo.
Hizo una pausa corta y sus ojos se abrieron tanto que parecían los de otra persona que llevara escondida dentro.
—Le importaría... sé que le parecerá raro... ¿me podría quedar con el papelito este?
—¡Claro, por supuesto! —me pareció extraño, efectivamente, pero no se me ocurrió ninguna razón para negárselo—. No hay ningún problema, pero, la verdad, no entiendo bien por qué... quiero decir... me sorprende un poco que...
—Bueno —no me dejó terminar la última frase, como sabiendo que era una frase condenada a no tener fin—, es que, en todo el tiempo que llevo aquí... nunca había visto escrito un poema en el impreso de la declaración de la renta. Y la verdad es que es muy bonito.
Entonces, sí, lo recuerdo perfectamente. Sí, en aquel lugar impensable para el corazón, su sonrisa espléndida reventó el mostrador y detuvo las manecillas del reloj por un instante. Asentí alegre sin poder decir palabra. Nuestras manos se rozaron levemente al coger aquel papel amarillo que le ofrecí.
—Además... —dijo mirándome muy fijamente y señalando tu nombre escrito en el margen—. Además... yo también me llamo así.
Es un burlón el azar, un burlón agridulce que me regaló versos disfrazados y que ahora, por más que lo intento, no me los deja recordar. Al menos, desde entonces sé que tu nombre me da suerte y por eso me gusta escribirlo en todos los papeles que encuentro a mano.
Cuando recuerdo esta historia, me sorprendo imaginando —si es que alguna mudanza no lo borró de todas las memorias— en qué cajón de qué mesilla o entre las páginas de qué libro andará aquel papel amarillo. O que un día, envejecido y doblado, vuelvo a verlo en otras manos...







flor_deloto dijo
Qué linda manera que tienes de volver casi todo de algodón!
Quiero decirte una vez más - lástima que este espejo no tenga copia de carbón - que me gusta mucho, pero mucho, como tejes notas musicales con forma de letras.
Dulces sueños, dulces insomnios
[ si, ya he regresado ]
28 Noviembre 2007 | 12:51 AM