Papel amarillo (I)
Se abrió con suavidad la puerta corredera de cristales dando paso al tumulto de la antesala. El edificio, pulcro e impersonal, tenía un olor acolchado de prisas y ambientador a granel. El mostrador gris del fondo hervía de gente esperando en la raya del suelo, frontera ilusoria de una fortaleza de contrachapado preparada para resistir el asedio.
Un poco más allá de la barra de aquella especie de bar especializado en papeles, asomó una chica rubia, recién maquillada con un gesto de querer estar desocupada.
—Disculpe, ¿está usted disponible? —le pregunté dando un paso hacia delante y levantando tímidamente el brazo. Hace tiempo que no pido un taxi, pero el mohín de desgana que puso no me pareció bajada de bandera.
—Tiene que coger número para que le atiendan y esperar su turno —su voz, entre didáctica y molesta, me sonó demasiado aguda para su complexión.
Le di las gracias, azorado por la reprimenda, y me giré despacio, buscando el mecanismo que despachaba los números, mientras pensaba en cómo precisamente yo, precisamente ahí, había podido olvidarme de la opresión de las matemáticas sobre el mundo y del triunfo de las listas de espera.
En tanto llegaba mi oportunidad, me senté en una de esas incómodas y asépticas “trisillas” siamesas de plástico que florecen cerca de las paredes oficiales. Y cómo aún quedaba un rato, me entretuve haciendo garabatos sobre la superficie blanca del sobre en el que traía los documentos.
No sé si el cuarenta y uno es mi número de la suerte pero, al oírlo precedido de un timbre electrónico, me levanté torpemente y me dirigí al mostrador en el que otra chica, aunque morena, me esperaba con la misma desgana que la primera.
Extendí los documentos sobre la superficie lisa después de sacarlos del sobre y sin mediar palabra, ella fue comprobándolos, arrancando copias y organizándolas en montones. Se detuvo, se acercó a la cara un finísimo papel amarillo recién recolectado y se quedó quieta un instante.
—Caballero... —me dijo, por fin, con una formalidad que no anunciaba nada bueno—. Lo siento. No puedo admitirle este impreso porque... bueno... Mírelo usted mismo.
Cuando lo miré detenidamente, yo sólo vi en él un torpe descuido y mi cara debió ser digna de inmortalizarse en foto. Se había calcado todo lo que escribí en el sobre: los garabatos, los dibujitos, las cuatro frases que me vinieron a la mente, tu nombre chiquitito en el margen, media firma en un borde...





Fernando dijo
Ten buena noche.
lleva un block¡¡ :o)
27 Noviembre 2007 | 10:34 PM