Cuento: El rompecabezas (y II)
Lo descabellado de la idea que le vino a la mente le sugirió la prisa con la que llevarla a cabo. Arrancó torpemente el espejo y lo llevó sobre la mesa de trabajo para posarlo, vertical y orgulloso, sobre ella, sujetándolo con el respaldo de la otra silla que tenía preparada por si alguna vez, esperanza que nunca le faltó, recibía visita. Y así dispuesto todo, se contempló a sí mismo manejando aquellas piezas. Su propio jeroglífico desentramando otro rompecabezas. Reflejándose todo sobre la luna llena de suertes del espejo.
Tomó la pieza que rellenaba el primer hueco, pero esta vez, absurdo pensamiento, guiándose por la imagen que procedía del espejo. Tanteando distancias, reinterpretando la realidad que veía brillar sobre la superficie lisa y extensa de aquel objeto para convertir en diestro lo siniestro y en cercano lo que aparecía lejos, acercó lentamente su mano sobre el espacio de la mesa que parecía estar esperando el consuelo de ser relleno.
La imagen en el espejo titiló tres veces por lo menos, empañándolo todo y aclarándolo luego, dejando ver como el reflejo se movía. Las piezas desordenadas se colocaban ellas solas, como por arte de magia, en su sitio exacto dentro del espejo que palpitaba y suspiraba con la mirada intensa.
Al cabo de poco tiempo, nadie sabe cuánto, un instante perpetuo, el remolino de reflejos se quedó quieto, el rompecabezas exhausto y completo, el hombre perplejo y mudo. Entonces, acolchados los sentidos, miró adentro del espejo. Entendió las luces que vio con un sólo pálpito de vida y se quedó atrapado en el relámpago de una sonrisa.
—¡Mira, cariño! ¡Qué cosa más rara! —dijo la mujer, dirigiendo su voz hacia la cocina.
—¿Ya lo has terminado? Has tardado muy poco. A ver cómo ha quedado —dijo su compañero, entrando en el salón con un trapo sucio en el que se secaba las manos.
—Pero no sé si está bien. Fíjate en el dibujo de la caja.
—A mí me parece que está todo igual, ¿no? —replicó mientras pensaba lo desesperadamente meticulosa que era su mujer—. Está perfecto.
—Nunca me haces caso. Mira bien la cara del hombre —esperó paciente a que él, con gesto de desgana, se acercara lo suficiente—. ¿Ves?...
—Ya la he visto. ¿Y qué? —y encogió los hombros sin saber bien de qué se tenía que dar cuenta.
—Pues que la cara que me ha salido en el rompecabezas es la misma, sí, pero... ¿no parece alegrarse, como si me estuviera esperando?
Él, no encontró nada que decir con la sorpresa dibujada en los ojos. Para ser sinceros, la verdad, hace rato que yo tampoco. Porque ahora que lo leo, veo el cuento de un puzle. Pero me invade la duda de si no seré yo, cuando tú lo leas, quien sonrie atrapado dentro de tu rompecabezas.

