Cuento: El rompecabezas (I)
Contemplaba su puzle con todos los sentidos absortos. Vibrando sobre la mesa rectangular y acristalada en donde reposaban inquietantes las piezas esparcidas. Se sumergía encandilado en la tarea excitante de colocar en su sitio los colores desparramados en trozos desiguales, únicos, inimitables, del extraño rompecabezas que se traía entre manos. Jamás pensó al abrirlo, hace ya tanto tiempo, que aquellas teselas revueltas estuviesen tan, en el fondo, deseosas de ser resueltas.
Le invadía, otra vez, aquella sensación tan intensa, tan turbadora, tan obsesiva, de que era él mismo quien estaba siendo compuesto por los lazos invisibles que emanaban las piezas. Se sentía prisionero, a ratos, invitado, otros, de su propio jeroglífico, que manejaba los hilos con experto tino para acercarle y alejarle de la solución en un vaivén continuo y absorbente.
Levantó la vista para descansarla. Se dirigió hacia la cama que se arrinconaba en el cuarto buscando protección y se recostó sobre ella invocando algún sueño reparador. Sueño que llegó con los velos de la conciencia rasgados y abiertos a la oscura luminosidad de su memoria, transformándose en vigilia inquieta. Porque allá donde mirara, al techo, a la mesilla, al sofá, a la alfombra, y en fin, a cualquier cosa, se aparecía como un espejismo nocturno la silueta del rompecabezas.
Cuando no pudo aguantar más sobre el terno blanco de las sábanas, se levantó de un salto y se dirigió de nuevo hacia la mesa. Por el camino, magias de la luz, un destello que provenía del espejo que coronaba la cómoda capturó su atención irreprimiblemente. Se paró delante y miró su reflejo y el de toda la habitación que en él se contenía: sofá, cama, lámpara, mesa... y puzle.

