Cuento: Tsuki y Fukuro (y III)
No transcurrió mucho tiempo, o quizá es que pasó deprisa, cuando el consejo de las Hadas llamó a Tsuki para encargarle una tarea que exigía que hiciera un largo viaje. Un viaje repleto de enigmas y aventura del que nunca se sabe cuándo se va a regresar ni a dónde.
Serenamente triste, el hada escribió en un trozo minúsculo de papel un corto hechizo indescifrable, que tenía el poder de ahuecar el espacio y encoger el tiempo como un acordeón. Y aunque Fukuro no sabía muy bien cómo funcionaba, lo cogió con el mismo cuidado que se guarda en el bolsillo el hilo que se quiere atar en la entrada del laberinto.
El tiempo hasta la partida fue un suspiro que acabó en canción. Porque así es como los seres mágicos se desean suerte y buenos augurios, y alivian la nostalgia de lo que dejan atrás. Tsuki se alejó, rumbo a su viaje, justo en el preciso instante en que su ausencia llegaba.
Fukuro, delante de la ventana, como su amiga le había dicho que hiciera, pronunciaba por las noches el hechizo. Y aunque no siempre funcionaba, cuando lo hacía, dejaban de importar las veces que no surtió efecto. Una voz en blanco y negro aparecía en la ventana, y, de nuevo, duende y hada, se sentían amigos mirando el mundo en la esquina bajo el árbol, mientras el tiempo parecía retroceder.
Magia es la única palabra que significa lo mismo para todos los que la pronuncian. Y magia fue lo que se enseñaron. Ella aprendió de la magia de los cuentos y él, más torpe y menos cuerdo, acabó entendiendo las palabras incompletas que se escriben en los sortilegios.
Al final, el tiempo lo borra todo. Tsuki y Fukuro acabaron olvidándose, porque el olvido es el final perfecto para los seres que habitan la memoria. Pero nunca es completo el olvido y ellos llevaron siempre prendida la llama de la magia que les visitó.
Aquí acaba y comienza de nuevo esta historia. Así que no te vayas aún, no tengas prisa. Antes de irte, prepárame tu hechizo de palabras incompletas y léemelo cada noche hasta que me lo sepa de memoria. Prometo ser torpe y, tal vez, con suerte, no terminar nunca de aprendérmelo.

