Cuento: La extraña transformación (y III)
No sé cuánto tiempo estuvo el velo sobre mi memoria, pero el frío de la noche se había trocado en templanza cuando desperté de la negritud. Y las estrellas parecían formar otro dibujo que se deshacía bajo la claridad de un sol que asomaba deseando amanecer.
Me incorporé, asustado de recuerdos, y sentí el frío contacto de un metal sobre mi pecho. La rabia subió hasta mis ojos en forma de torrente cuando distinguí lo que había en mi cuello, ahora sí, humano de nuevo.
Lo cogí con irritación infinita, deseando quitarme aquel objeto que había hecho zozobrar mi consciencia y mi propia identidad. Aún me atenazaba un miedo irracional que me palpitaba en el corazón. Deseaba con todas mis fuerzas arrojar el espejo lejos de mí, cuánto más lejos mejor, en el espacio y en el tiempo.
Pero unos ojos inquietos abiertos de par en par que me miraban desde el espejo me detuvieron. Miré con atención, sorprendido de mi propia paciencia, para ver una retahila de escenas que sucedían en un torreón que no pude reconocer.
Pasó el tiempo, con la sutilidad con la que siempre transcurre cuando no se desea que se escape. Cuando vislumbré que en el espejo unas manos suaves escribían letras sobre un lienzo de plumas, me dí cuenta de que había vuelto a caer la noche mientras seguía estático, absorto en las imágenes.
Aparecieron de nuevo tus mismos ojos, dentro tu mismo rostro. Me sonreíste. Como sonríe para sí el mago cuando hace aparecer el conejo blanco de un lugar imposible. Como un niño que ve volar mariposas de colores. Como sonríe, en fín, quien recuerda un sueño hermoso que se convirtió en realidad.
Tu gesto me contagió y los músculos de mi cara relajaron mi semblante, levantaron mis labios y abrieron mis ojos. Te sonreí, casi como si fuese feliz en ese instante. Un nombre acudió a mis pensamientos, hasta entonces adormecidos, y mi voz sonó clara y alegre pronunciándolo.
Desde entonces, he seguido mirándote a través del espejo infinidad de veces durante muchas noches. Al principio, pensé que mi búsqueda había terminado, que todo estaba en paz y que mi metamorfosis sólo había sido un mal sueño.
Pero no tardé en darme cuenta de la verdadera dimensión de los sucesos que me habían sacudido. Un despertar ingrato, como el de los niños cuando amanecen cada ocho de enero y tienen que volver a la escuela. Después de haber creído que terminaba mi pesadilla, entendí claramente que no hacía sino comenzar.
Ahora que he vuelto a mi forma humana he descubierto que mi verdadera transformación ocurrió mucho antes de haber sido animal. Ahora sé que me habitas por dentro aunque me llames desde fuera. Los espejos sólo devuelven lo que se les da, sólo reflejan los ojos que los miran.
Yo nunca fui otro yo que la imagen que te devuelve el espejo: humano, animal o luna. Mi verdadera y extraña transformación comenzará cuando apartes la vista y apagues el espejo. Te suplico que jamás me dejes de mirar y yo prometo, como si pudiera hacer otra cosa, no dejar, tampoco, de mirarte nunca.
(Francisco José Pérez, Septiembre 2006)


marian dijo
Mi espejo conectado al tuyo nunca dejaran de mirarse y acercarse en la distancia.Fue bonito conocerse y aun mas agradecerte, haberme dejado profundizar en los rincones de ese espejo en los que todas las noches encuentro tus ojos que me obserban,tu sonrisa calida y agradable y tu voz que me educa, enseña y transforma en mas yo, la otra cara del espejo.----
17 Septiembre 2006 | 01:11 AM