Cuento: La princesa y el búho (y IV)
Cuando ya casi despuntaba el día, un papel arrugado sobre una piedra entró a gran velocidad por la ventana que el búho usaba como puerta. Bijín, extrañada, pues la ventana estaba verdaderamente alta respecto del suelo, desenvolvió el guijarro y alisó el papel con mimo. Se asomó a la ventana intentando adivinar la procedencia del inesperado regalo, esperando encontrar indicios de a quien deseaba encontrar.
No se veía nada ni a nadie. Sólo silencio. Y esa luz mortecina que tienen las cosas cuando se acerca el día y el sol se adivina detrás del horizonte por el que suele saludar. Miró el trozo de papel y vio trazos que no supo interpretar. Un dibujito del contorno de una persona dentro del cual había un animal... que parecía un... un... ¡Cielos! ¡Era un búho! Sí, sí. Estaba segura... dibujada sobre el papel había una persona que llevaba en su interior un búho. Notó como en su corazón, sístole y diástole comenzaron una carrera de “sangre a través”, y sintió latir por sus sienes la emoción desbocada.
Y tenía un objeto en el cuello... a ver... La princesa se acercó a la luz de una vela y le pareció que la figura del dibujo llevaba en su cuello una especie de... ¿piedra?
¡El guijarro! Lo buscó por el suelo con la mirada, se acercó y con manos temblorosas se lo llevó a la altura de los ojos para sorprenderse mejor... ¿Y ahora qué? Frotó la piedra, como si fuese una lámpara; la besó, como si fuera una rana; incluso intentó morderla como si se tratase de una manzana. Pero no pasó nada. ¡Menudo timo el asunto este de los cuentos de hadas! Así que decidió esconder piedra y papel bajo su almohada mientras se le ocurría algo.
El día transcurrió cansinamente en el reloj, sin siquiera perdonarle un minuto a la impaciencia y la turbación de Bijín, que deambulaba como ausente por los corredores de palacio, dándole vueltas al misterio. Cometió el gran error de no querer comer nada, ensimismada en sus pensamientos, sin darse cuenta de que, un estómago satisfecho, en agradecimiento, inyecta serenidad a los problemas que nos acucian.
Todo pasa y todo llega. Y la noche la sorprendió en su torre, tumbada sobre la cama, mirando y remirando la piedra sin descubrir nada. En un momento de desánimo comenzó a envolverla otra vez en el papel para guardarla bajo la almohada pero le llamaron la atención unas arrugas del papel extrañamente parecidas a dibujos... un pájaro, un arbolito,... Las fue repasando con su dedo para cerciorarse de que existían y para verlas con más claridad... Y fue entonces cuando, sin boato ni pirotecnia, la piedra cayó sobre su pecho, sin hacer el más mínimo ruido y sin que ella sintiera el más leve contacto.
Se incorporó un poco y... ¡sí! Allí estaba el espejo colgando de su cuello. Su sonrisa iluminó todo el reino, aunque nadie supo verlo. Se levantó corriendo y se acercó a la ventana, espejo en mano, dispuesta a ver en él no sabía muy bien qué.
Aquel rostro cálido y humano, el que una vez vio con su amigo búho, sonrió en la luna del espejo, mientras la del cielo se asomaba con curiosidad por entre las estrellas. El rostro desconocido movió los labios pronunciando con claridad, inconfundiblemente, su nombre verdadero. Ella supo alegrarse tanto como la ocasión merecía y entendió, en un abrir y cerrar de pestañas, todo, todo, todo... Todo salvo, quizá, la casualidad de haberle ocurrido precisamente a ella.
Aquí acaba todo lo que yo sé y puedo contar, pero no el cuento. Se quedan en el tintero algunos misterios sobre princesa y búho pero... la historia quizás continúe. De tí depende. Porque tú ya sabes bien quién es la princesa, quién es el búho... y llevas un rato leyendo mis labios en este espejo mágico, que nos une tanto como nos separa.
(Francisco José Pérez, Septiembre 2006)



La princesa del cuento dijo
Hacía tanto tiempo que no me miraba al espejo que, al hacerlo, mis ojos se han nublado por la emoción y aún no he podido ver con claridad. Me gustaría tener tus ojos, Búho, para ver y saber todo y opinar rápidamente sobre este MAGISTRAL rayo de luz de desde mi más inmesa oscuridad. No son tres, sino casi dos mil ochocientas palabras que unidas como pequeños cristalitos, brillantes pero peligrosos (como todo cristal), forman un mágico espejo que deslumbra las pequeñas pupilas de esta humilde princesa. Tus palabras me han cegado temporalmente. Como maravillosos cristales que son, se han clavado en mí. Pensaré en ello desde mi melancólico insomnio. Sólo puedo decirte desde mi frío torreón, gracias por darme calor con este tesoro de valor incalculable para mí.
10 Septiembre 2006 | 10:07 PM