Cuento: La princesa y el búho (III)
Así fue que el búho, enternecido por la curiosidad de la princesa, volvía cada noche al mismo alféizar de la misma ventana de la misma torre, para volver a mostrar las mismas maravillas que se encerraban en el mismo espejo a la misma princesa. Pero que nadie se equivoque: nada era igual a la noche anterior, porque los misterios siempre tienen mil caras y el pensamiento los difumina y los recrea.
Princesa y búho, amigos desde entonces, se contaron secretos a la luz del espejo, descubrieron la amplitud del universo, esparcieron su asombro ante las lunas que, a veces menguaban, y a veces crecían; olvidaron la soledad de las noches y, al final, se alegraron de perder todas las partidas contra el sueño.
Ella aprendió, quizá sin esperarlo. Él recordó, quizá sin desearlo. Sobre todo aquella noche en la que Bijín reparó en un rostro que salía del espejo, en un paisaje desconocido, en un tiempo indefinido. El búho también presintió una sacudida extraña cuando la princesa le interrogó.
– ¿Quién era? No he podido ver bien su cara, pero he notado claramente una calidez que me resulta muy familiar. – preguntó la princesa intentando susurrar, como si no quisiera ahuyentar la agradable pesadez de párpados que sentía, sensación tanto tiempo desconocida para ella.
– No recuerdo – mintió el búho – ¡Son tantos rostros!
Entonces Bijín, a punto de liarse en el velo que el sueño nos teje para atraparnos, a modo de tierna despedida, acarició con el dedo corazón el vientre del animal dibujando en él su verdadero nombre. Un gesto extraño, en un lienzo extraño, con unos garabatos extraños, simples, como salidos de un olvidado cuaderno infantil.
Aquel búho, ignorante de alfabetos, mientras conducía a su amiga con ternura hasta la cama, repasaba los dibujos mentalmente, como para no olvidarlos: un pájaro con las alas extendidas, un árbol delgado de copa redonda, dos montañitas unidas por los picos en un imposible equilibrio a punto de romperse y dos ríos que se unían en un valle para continuar juntos el camino.
Después, en lugar de esperar al sol en el alféizar, contemplando el reposo de su amiga, como siempre hacía, voló hacia el norte de la noche sin atreverse a mirar atrás. Ni siquiera cuando, ya lejos del castillo, se detuvo sobre una rama que, acogedora, invitaba al descanso de sus alas y de su corazón.
Empezó a notar latidos en sus sienes y vió como las estrellas giraban alrededor de una luna que iba creciendo y creciendo haciéndose inmensa. Sus patas temblaron, quizá de terror, y dejó de notar la rama soportando su peso. Se sintió cayendo al vacío durante interminables segundos mientras cesaban latidos, lunas, estrellas y miedos. Desvanecido sobre la yerba, sólo quedó oscuridad y silencio.
Aquellas noches de complicidad y asombro, apenas nueve meses fugaces, terminaron tan inesperadamente como empezaron. Estaba recién llegado el verano, y en la corta noche siguiente, el búho no apareció; y la cita habitual dejó de serlo para convertirse, primero, en espera, y luego, en desesperación.

