Cuento: La princesa y el búho (II)
– ¿Porqué me miras de par en par con esos ojos tan inquietos? – dijo el búho, dirigiéndose a la princesa que, efectivamente, lo miraba con curiosidad.
– Porque son los únicos que tengo – respondió la princesa, un poquito incómoda ante las palabras de aquel animal que se atrevía hablarle sin ni siquiera haberle sido presentado – Soy la princesa Bijín y este es mi cuarto así que te agradecería que...
– ¡Sí, sí! – interrumpió el búho groseramente – ya sé quién eres, no me calientes la cabeza. Sólo he parado en esta ventanita a descansar un poco. No pensé que hubiera nadie despierto a estas horas. Me arreglo un poquito las plumas y te dejo tranquila.
– No. Espera. Realmente no me molestas y siento mucha curiosidad... ¿A dónde vas con tanta prisa?
– No tengo ni idea de qué significa prisa, – respondió el búho cargado de soberbia – seguro que es cosa de humanos. Y no voy a ningún sitio en especial. Sencillamente, me dedico a vivir en el mundo y admirar sus maravillas. Por ejemplo, la semana pasada estuve en una montaña roja que hay más allá del mar disfrutando de un amanecer bellísimo.
– ¡Cómo me gustaría ver las maravillas del mundo que han contemplado tus ojos! – exclamó la princesa incapaz de ocultar su asombro.
El búho, nocturno y solitario como alma en pena, con poca experiencia en el trato con humanos, sucumbió ante la inocencia que sacudía las palabras de Bijín. Le ofreció compartir las bellezas que había visto a lo largo de los años, utilizando para ello un colgante que apareció sobre su cuello y en el que la princesa clavó su mirada.
– ¿Qué es éste prodigio? Antes no tenías nada en el cuello, me fijé muy bien.
– No podías verlo, – respondió el ave – porque es un espejo mágico que sólo aparece cuando yo decido que lo haga. Él guarda en su interior las imágenes de todo lo que he visto en mis viajes. Ven, acércate, y mira por él. Te mostrará todo lo que vieron mis ojos.
Aquella noche no fue suficiente para calmar la sed de mundo de la princesa. Miraba con ojos desorbitados y atónitos. Paisajes, animales y personas se entremezclaban en unas imágenes nítidas y cautivadoras que salían de aquel objeto mudo, embriagador, brillante. Por primera vez en su vida, o por lo menos que yo sepa, tras aquel espectáculo deslumbrante, Bijín fue vencida por el sueño.

