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La Coctelera

Instanteca

Colección de instantes de la vida misma, que traigo desde mi memoría muy fresquitos, recién vividos, con la esperanza de poder alargar su duración o diluir sus efectos.

Categoría: Laberinto

19 Febrero 2009

Digo lo contrario

Digo lo contrario
porque pienso mientras escribo,
porque me aprietan las palabras
como las paredes de un laberinto
y tengo que abrir en ellas
la esperanza de un pasadizo.

Digo lo contrario
porque nunca acierto
a decir lo mismo,
porque cambio de opinión
sin esfuerzo, sin motivo,
sin necesidad y sin deseo
de cambiar de renglón.

Digo lo contrario
para moverme de sitio,
para no estar de acuerdo a medias
en no conseguir lo que no consigo,
para no justificar lo que hago
y que nadie me haga caso
cuando lo digo.

Digo lo contrario
sabiendo que aparco
en doble fila,
queriendo ocupar de lado a lado
las dos orillas
sin quedarme mucho rato
en ninguna esquina
ni en el mismo espacio.

Digo lo contrario
cuando me muestro indeciso,
cuando pasas por mi lado
y simulo que no te miro
o cuando me busco perdido
en el infinito de tus ojos.
Pero, cuando más lo necesito,
cuando estoy más convencido
de que digo lo contrario,
es, precisamente y sobre todo,
cuando no lo digo.

Aunque, también me gusta
contestarle lo contrario
a quien no pregunta.

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15 Febrero 2009

Ciencia púrpura

La ciencia lo explica todo. Desde la adquisición del lenguaje hasta la lenta destrucción de la identidad que nos regala el Alzheimer. La gravedad y el magnetismo, el paso de las estaciones y las fases de la luna. La percepción sentimental de la brisa, el frío sordo de los campos de nieve y las longitudes de onda de la música.

Explica la geometría púrpura de tu sexo, la arquitectura perfecta y púrpura de una noche de abril a la hora del deseo y el color púrpura de la lluvia.

Su bisturí disecciona la vida, la enfermedad y la muerte, con tanta parsimonia y exactitud que produce escalofríos. Nos ilustra sobre esquizofrenias, alucinaciones y visiones ascéticas. Y esclarece la composición neuroquímica que desencadena el amor y el deseo.

Soy consciente de que mi ejército de queratocitos, distribuidos por todo el cuerpo, aún aguarda expectante tus manos. Que hierven miles de terminaciones nerviosas aferentes como cuando, con un dedo, recorrías mi cuello hacia los labios.

Ya puedo notar que mis células de Merckel están echando humo por entre los microblastos y que el colágeno que aún me queda, un milímetro más abajo del paso de tus dedos por mi nuca, se estira hacia el rastro que me dejaste en los rizomas de Paccini.

Todos mis corpúsculos de Meissner se han erizado a la vez, orientándose hacia otra piel que cada vez deseo más cerca. El hipocampo me empuja a recordar que esas son tus feromonas y que están clasificadas en la cúspide del placer.

Por eso sonríe el hipotálamo cuando envía la orden precisa por la corriente sanguínea. Mi cuerpo entonces lucha entre relajación y forzamiento, entre sueño y memoria, entre misticismo y carnalidad. Las endorfinas fluyen en oleadas que derriban las murallas que levanta el inconsciente.

El cuerpo cavernoso se rellena, se hincha, se yergue. Mucosas y cavidades desencadenan un torrente a su paso indeciso. Creo escuchar medias palabras incoherentes cuando tu rostro roza el mío. Y mi caracol y mi tímpano vibran hasta el desequilibrio cuando el mismo espasmo que a ti te traspasaba, me atraviesa después todas las membranas en un suspiro.

La ciencia dice explicarlo todo. Todo sobre todo. Todo sobre el amor y sobre el deseo. Sin embargo, no consigo que me explique cual de ellas es la causa y cual el efecto.

Necesito que la ciencia me aclare por qué escribo a máquina en la electrónica de este papel las cosas que desearía grabar para siempre, y a mano, en la memoria infinita de tu piel.

Y que me revele la diferencia, si es que hay alguna al respecto, entre sufrir por quedarse e irse sufriendo, si yo nunca quise causarte ninguna tristeza. Sino verte riendo bajo la lluvia púrpura.

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13 Febrero 2009

A través del cristal

Su cuerpo era blanco, alargado, brillante. Se replegaba sobre sí mismo en un enrevesado ocho doble, como si no fuese más que un accesorio de la cabeza.

Los ojos, verticales y profundos, parecían no estar pendientes de nada, como mirando otros paisajes del pasado, huyendo del aburrimiento. Pero, parsimoniosamente, un suave giro de su cabeza los orientó hacia los míos y así estuvimos, durante un rato, fíjamente observándonos.

Con sutil ironía, un cartel muy bien diseñado alertaba con una cifra escandalosa de la peligosidad del animal encerrado. Debería haber, por dentro, digo yo, alguna señal viboruna que le advirtiese a aquel ejemplar albino del Gabón del riesgo que le entrañaba yo en tanto que hombre. Aunque, por grande que fuese el número que se hubiese escrito, habría sido muy pequeño.

El caso es que sólo un vidrio nos separaba y nos unía porque, sin él, jamás nos hubiésemos visto. Pero, con el cristal de por medio, tampoco nunca sabremos nada de fugaces encuentros, ni del riesgo de congeniar hasta herirse. Ni de la apariencia valerosa que siempre tiene la cobardía o del gesto cobarde con el que empieza el valor.

Muchas veces, me parece ver a alguien a través del cristal de estas letras. Y probablemente, alguien me vislumbre a mí también por entre los resquicios de la sintaxis interpuesta que nos une y nos separa.

Que nos une y nos separa, que eso ya lo averigüé. Lo encontré en noches vencidas al sueño y en sueños que, tras ganar el derecho a convertirse en realidad, se quedaron a merced del deseo de volver a aparecer como sueños.

Ahora, en este tramo de la vida, no sabría cómo responder a la inquietud que tengo de averiguar a quién protege de quién cada texto y por qué tantas precauciones. Aunque, realmente, quizás no importe demasiado si es que lo único que se pretende no es tocar, sino sólo mirar y seguir a salvo.

Hasta que no se escriben en la piel, las palabras no llegan más que a literatura. Por eso, no me toques más si ya no quieres. Pero mírame siempre.

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8 Febrero 2009

Estrábica propensión

Por las noches dedico un ojo
a mirar en el fondo de los tuyos
mientras que con el otro confundo
lo que hay fuera con lo interior
al contemplar cómo mis manos
estiran los sentidos opuestos
que van desde el agua del amor
hasta la sed del deseo
que me hace adelantar un pie
hacia el día de mañana,
aunque no consigo que el otro
se me desclave del ayer,
al mismo tiempo que voy
repartiendo entre mis hombros
el transcurso desigual de la vida,
alternativamente aguantando en uno
el peso frío de la realidad,
mientras se consuelan al calor en el otro
los cabellos de la fantasía.
Y por si no fuera poco
a veces, también,
abro y cierro la coraza
y extiendo y recojo las alas
con cada palabra que escribo
conjugando verbos reflexivos
que luego no lo son.

Esta estrábica propensión
y mi poca habilidad equilibrista
deben ser causa y razón
de que de estos viajes que doy
por la vida medio a oscuras,
con la cabeza medio dormida
y medio despierto el corazón,
algunos acaben en tropezón
con la dolorosa y puntiaguda
realidad de la mesilla.

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30 Enero 2009

Inconveniente

La poesía, a todas luces,
tiene ventajas e inconvenientes.
Su principal dificultad reside
en que ni siquiera el poeta
sabe qué demonios
quiere decir lo que dice.

No obstante, precisamente,
ahí radica su ventaja:
que no sólo es poeta
quien elige las palabras,
sino, además y sobre todo,
quien las percibe.

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28 Enero 2009

Números inexactos

Cien es un número tremendamente inexacto, porque engloba una buena porción de significados confusos. Hay otros, en cambio, como, por ejemplo, noventa y ocho o ciento tres, que están dotados con una certeza inherente de la que el cien adolece.

Ni todo a cien, ni todos a cien. Eso pasa siempre, que los números redondos suelen entrañar una mentira. Lo que a veces cuesta explicar es si la aproximación cometida al redondear, se refiere al fondo o a la cantidad.

Mil y un puñado, son también números legendarios, que acarrean en su dicción guarismos fantásticos. Números con una potencia especial que no reside en el cardinal que implicitan, sino en su intención de simplificar vagos conceptos de abarcabilidad, de misticismo y de cercanía.

Pero de las varias clases que existen —complejos, reales, decimales, racionales, enteros, naturales, esotéricos y transfinitos, algunos de ellos esencialmente incontables—, mi favorito, por ningún motivo especial, es el número catorce. Y, total, puestos a escoger, preferiblemente miércoles.

Pero claro, hoy que lo es, y además veintiocho, se podría pensar que, por sólo multiplicar, ha de gustarme el doble. Sin embargo, cien veces te tengo dicho que hay operaciones inexactas que dan como inexacto resultado un número. Y cien es un número del que siempre hay que desconfiar.

Digamos mejor, entonces, que son noventa y nueve y el que corre. Este que acaba de terminar.

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25 Enero 2009

Cien días

Cien días es todo lo que queda. Cien pasillos que no conducen sino que desorientan. Cien respuestas vacías a ninguna pregunta.

Cien sopas de letras, cien jeroglíficos, cien puzles desordenados. Cien noches y, quizá también, sus cien lunas y sus cien cielos.

Cien salas quedan, ocultando en ellas cien mentiras, cien dudas, cien aciertos. ¡Cuántas veces supe que estaba escrito este final desde el comienzo!

Cien cartas me quedan, cien ecos dormidos, cien imposibles deseos, cien destellos. Cien delirios. Cien puntos y seguido, cien miradas sutiles, cien versos perdidos.

Y cuando yo solo, mitad Asterión y mitad Teseo, atraviese el umbral y cierre tras de mí la puerta, se esfumarán a la vez, en la realidad de la niebla, el tacto de tu hilo y la imagen del espejo.

Entonces, cuando todo sea nada y el mito se caiga y el hombre y el monstruo estén libres, ya nadie sabrá cuánto me existes, Ariadna.

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23 Enero 2009

Deudas pendientes

Si no hubiera nacido Serrat, si no se hubiese atrevido a cantar delante de una muchedumbre desconocida, yo no sería como soy.

El mundo que transitamos emite señales continuamente. Señales que encontramos o nos encuentran, que percibimos o que ignoramos en el tumulto de indecisiones con el que pasa la vida.

Algunas, sobre todo las que, por un cierto azar de cercanía, reconocemos enseguida, nos dejan marca permanente. Un acuse de recibo que se le devuelve a la vida, a veces, en el mismo instante y, a veces, mucho después de que acabe la urgencia de un conflicto y empiece la del siguiente.

Nos deforman o nos conforman, nos reconfortan o nos inquietan. Nos reforman y nos transforman, pero no les damos crédito hasta que —¡qué pronto pasa el tiempo!— son tan evidentes que no reparamos en ellas.

Si Lorca y Juan Ramón no hubieran sido poetas, si no supiera quiénes son Mortadelo, Forges, Mafalda o Julio Verne; si no conociera el nombre de la rosa, que el coronel no tiene quien le escriba, que hay una edad prohibida y que no es poco que amanezca, hoy no me gustaría este cielo color gris invierno que asoma por entre la niebla.

Aunque puede que este lejano razonamiento no te parezca acertado. Porque la distancia con la que se piensan las causas emborrona un poco la claridad de los efectos. Así que me acercaré un poco más con otro ejemplo.

Si tú no fueses como eres, yo no sería como soy. Si no me hubieses mirado nunca, nunca habría visto lo que ahora veo en ti a todas horas. Si tú no quisieras leerme, yo jamás habría podido escribir lo que he escrito.

Esta es otra de las tantas deudas que tengo contigo. Y quedan por venir algunas más, esparcidas en instantes en los que aún ni siquiera sabes que estarás y yo ni siquiera sé si seguiré siendo el mismo.

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Sobre mí

Padezco un grave desorden mental degenerativo cuya sintomatología consiste en pasar mucho rato navegando en internet, diseñando páginas web para nadie, recorriendo desconsolado los arrabales del irc o skypeando a deshoras. En fases agudas, escucho canciones de Serrat o investigo trucos matemágicos. Lo más grave es que, en ocasiones, veo vivos.

Así que decidí convertir este lugar en un remanso desesperado destinado a conseguir empatía y simpatía. Un intento biográfico de superar la desoladora sensación de ser único y esperar sin miedo el profundo consuelo de no serlo.

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