Colección de instantes de la vida misma, que traigo desde mi memoría muy fresquitos, recién vividos, con la esperanza de poder alargar su duración o diluir sus efectos.
A estas horas de la tarde, cuando la vida se toma un respiro y se queda quieta en el patio, suelo sentarme a solas, bajo el resguardo del níspero.
El sol está demasiado ácido, ya lo he intentado, porque se acumula su tibieza sobre la piel y me enreda en estados letárgicos que me llevan demasiado lejos para saber volver. Porque el calor empuja hacia arriba el deseo, porque la soledad arrastra la melancolía, porque la luz cierra los ojos hasta la imaginación.
Por eso prefiero sentarme a la sombra, en este rincón del patio tantas veces visto, y sentir el dedo de la brisa que me recorre entero diciéndome con su gesto imprevisible que me despierte, que no me quede dormido.
Me noto triste, apagado, deambulando sin consuelo por las horas del día. Apenas me salvan los quehaceres cotidianos y las rutinas largamente adquiridas de este cabizbajeo atónito que me tiene ensimismado.
Me pesan los dedos cuando no escribo y, sin embargo, al arrastrarlos por las teclas, los noto cansados, mecánicos, desesperanzados. Supongo que aún me siguen porque saben que, aunque no escribo para ti, escribo para poder estar contigo. Pero ya no saben ignorar que nunca estás al mismo tiempo ni en el mismo sitio que ellos en este doloroso transcurso asíncrono en el que se acaba convirtiendo la literatura.
O porque el doce siempre es un tránsito, una frontera invisible que separa los años y los días, unos de otros y de sí mismos. Los parte en rebanadas, en trozos de una tarta que hay que apurar para alimentar de recuerdos al olvido.
Doce días quedan, un año pequeño, un año minúsculo que invita a una parada. Una parada para vaciarme de tristeza en este texto, aunque le sobre el principio, como a casi todo lo que hago y lo que escribo. Para vaciarme de esta tristeza y poder volver pronto a estar contento. Porque quiero llenar estos doce días de canciones y poesía o, por lo menos, hacer el intento.
Hay una mosca paseando por mi pantalla. Peluda, oscura, como una sombra fantasmagórica que se proyecta en esta claridad de neón. Debió entrar en un descuido del azar, cuando las cintas de la cortina que hay en la puerta se abrieron al viento.
¡Menudo argumento para escribir! Ya sé que te decepciona un poco. Pero es que, al mismo tiempo, me sugiere metáforas difíciles de expresar cuando me meto en su vuelo aleatorio, en su búsqueda irracional de destino electrónico.
Parece perdida en un laberinto de letras. Va y viene, zumba, se para. Visita muchas veces el mismo sitio y no hace más que pasar por delante de la pantalla. ¿Estará leyendo lo que escribo? ¿Sabrá que la sigo con la mirada?
Tal vez Kafka podría opinar mejor que yo sobre el asunto, pero el caso es que me pregunto si no hago yo lo mismo, si no lo hacemos todos, si no encontrar lo que se busca es la mejor razón para seguir vivo.
Y porque, aunque la vida a veces nos parezca una mierda, siempre le andamos dando vueltas para que nos haga un hueco y nos deje descansar en ella antes de levantar el vuelo.
Mejores cabezas que la mía ya se fijaron en las moscas y en esta segunda inocencia revoltosa e inútil en sí misma. Mejores corazones diseñaron laberintos más oscuros, mejores vidas buscaron la salida y no la pudieron encontrar.
Y ahora que ya no quiero ser gusano ni abeja, ahora que entiendo que no puedo ser mariposa ni libélula, me alegra ser mosca al menos e ir visitando, como un puntero, las cosas pequeñas del mundo, para fijarte en ellas. Entonces, casi sin pensarlo, me ajusto las gafas, despliego las teclas de mis alas y me pongo a revolotear.
Fíjate bien. Hay una mosca paseando por tu pantalla. Peluda, oscura, como una sombra fantasmagórica que se proyecta en esta claridad de neón. Te debió entrar en un descuido, cuando, y sólo durante un momento, dejaste abierta una rendija de tu ventana. ¿La estarás siguiendo, como yo te sigo, con la mirada?
Puede que aún te decepcione un poco, pero para una noche sin fantasmas, me parece un buen argumento. ¡Ainss! Pero ya sabes qué me pasa. Que me entretengo.
Vengo pensando en el camino, que de dónde ha salido, que hacia dónde va, que a dónde lleva y que todo se cruza.
La curva redonda me inclina la cabeza, pero también el torso. Se contradicen las manos y se cruzan, como todo. Y tengo que agarrarme el corazón para no perder nada de vista y no dejarme vencer por la fuerza centrífuga.
Porque vengo pensando que todo se cruza, que a dónde voy, que para qué. Que en qué estará pensando, que cual porqué es el que da peor sombra y mejores vistas.
El semáforo parpadea amarillo, allá, un poco más lejos, en donde todo se cruza. Yo sigo pensando en el trayecto, en si torcer antes de tiempo. O confiar en el camino, seguir recto y dejar correr las manecillas.
Entonces, mientras pienso que todo se cruza, siento un pellizco. El corazón se arruga, se escapa el aire, el zapato que pisa. Chilla la goma, se abalanza el pulso y suda el instante, pero el hierro se queda frío. Amarillas se quedan las caras del otro coche que se atraviesa conmigo.
No hay disculpas por debajo del amarillo, que para eso seguimos vivos mientras todo se cruza, mientras se entrelazan los finales y los principios. Que seguiremos vivos mientras se nos arroben los ojos, mientras se entornen las puertas, mientras se resista el olvido.
Traspaso el umbral, porque me das permiso, y pienso en cómo se cruza todo. En qué piensa, en a dónde va, en cómo te quedas y en con qué poco basta para no seguir más allá y darlo todo por perdido.
Yo te cuento que todo se cruza, que el coche no me vio llegar, que todo sigue amarillo, incluso en la tercera edad. Y que, por eso, allá, un poco más lejos, un tanto después, se seguirá cruzando todo.
Entonces pienso en cómo nos vamos cruzando, parpadeando. Pienso en el amarillo que nos espera a todos, allá, un poco más lejos, en donde se trenzan las dudas, en donde se atraviesan los sueños, en donde las vidas se cruzan.
Y me voy preocupado, porque todo se cruza, porque todos nos movemos y porque nadie sabe nunca cuando pisarán los otros el freno, ni por qué, ni por quién. Ni quién lo pisará primero o si nos atravesaremos a la vez.
Ocurrió,
como todas las cosas normales,
que, cuando fueron,
que cuando son,
el deseo las empieza reales
y la memoria las acaba
en ficción,
que al final hubo beso.
Y que fue de fábula,
por supuesto,
como todas las cosas normales
que merece la pena contar.
Y el sapo dijo a la rana:
“La causa está en el azar
y al azar hay que dejar el efecto.
Yo sólo pongo la intención,
y traigo con el afecto
la ocasión de ganar el sueño
y, a la vez, la de perderlo.
Por eso es que estoy aquí.
Y la única razón
por la que vengo
es que tú te hagas feliz
y así me dejes serlo”.
Y porque,
en tanto hablemos de afecto,
la razón de la causa
siempre es el efecto.
SÍNDROME
Determinado estímulo, por mor de infinitesimales sucesos bioeléctricos, inflinge un dolor de cabeza que cataliza un sueño. El alambique de la memoria destila el sueño hasta un licor de ideas que, en el primer momento, salen dulces hasta empalagar.
Las zonas del cerebro que controlan el lenguaje las rectifican de sal y, un arco circunflejo de habilidades miniaturizadas, las convierte en palabras y luego en movimientos más o menos torpes de los músculos de los dedos. Por la acción ininterrumpida del silicio, siempre que esté expuesto a la temperatura de referencia, y la de una nube de electrones magnéticamente desubicada, los agentes patógenos saltan a la realidad virtual de una pantalla o de un papel.
En otro sujeto, especialmente receptivo por cuestiones que aún están por estudiar, y en un momento específico concreto, pero difícil de señalar en el tiempo, toma contacto con el agente expansivo a través de la percepción visual y, si no ha fabricado los anticuerpos necesarios, queda impregnado del virus. No inmediatamente, claro, sino cuanto mayor sea el tiempo de exposición en las condiciones descritas.
Este virus desencadena en el receptor el mecanismo contrario. Un baile neuroquímico perfectamente sincronizado con sucesos microeléctricos y macrocelulares, que serían largos de contar, va invirtiendo el proceso de partida hasta catalizar un sueño, el mismo sueño, y, seguramente, el mismo dolor de cabeza.
House carraspeó, hizo una pausa casi interminable y prosiguió su discurso con gesto serio:
Todos los síntomas coinciden: dolor de cabeza, problemas de sueño, alteraciones gástricas y posturales, inapetencia... No hay ninguna duda. Usted sufre el síndrome de Bergerac... Y se ha infectado por una exposición intensiva a la lectura. Bueno... o a la escritura que, para el caso, viene a ser igual y rima lo mismo. Como da lo mismo que se llame Cyrano o Roxane.
Miró a la mesa y escribió unas instrucciones en un papel. Entonces, levantó de nuevo la vista y explicó:
Usted se morirá, tarde o temprano, pero no será por esto. Es una enfermedad común, muy molesta y que requiere un largo tratamiento. Pero es muy sencillo y tiene un altísimo grado de efectividad. Sólo tiene que seguir leyendo y escribiendo insistentemente lo que ya leía y escribía hasta que, pasado un tiempo, variable según cada quién, acabe por aburrirle soberanamente.
Luego añadió, entregándole un papel manuscrito:
Tómese esto para los síntomas. Es un placebo, pero le aliviará. ¡Ah! Y deje de correr una maratón cada fin de semana. No es bueno para su espalda.
Un poco más tarde, a sólas, en la consulta, Cuddy le recriminó con dureza:
—¡Eres un capullo! ¿Cómo se te ha ocurrido inventarte lo del contagio por lectura? ¡Estás loco!
—Hubiera sido más fácil mentirle —respondió el doctor esbozando una sonrisa malévola y encantadora—, diciéndole que se ha enamorado. Pero... ¡qué coño! ¡Es primavera!
—¿Y por qué le has dicho, también, que se trataba de un virus? —añade la doctora con gesto preocupado.
House se queda pensativo, mirando al infinito:
—Porque eso, a todos, siempre nos tranquiliza mucho...
Ojos de House en primer plano y fundido en negro para acabar la escena. Y justo después, cuando aparece el primer anuncio, empieza a dolerme la cabeza.
Estoy dándole vueltas a la cabeza, pensando en el efecto de las palabras a medias. En las frases que se empiezan y no se acaban. En... Un momento, teléfono.
Ya está. Una tontería, que me ha tocado “mágicamente” un pasaje para un crucero. A ver, ¿por dónde iba?... Andaba pensando en los círculos que no se cierran, en las semirrectas, en los impulsos que nos lanzan pero no nos orientan. Y estaba intentado calibrar si tienen efectos que... ¡Vaya, la puerta!. Ahora vuelvo.
Venga, no era nada, que si conocía el coche que le tapaba la cochera a un vecino. Pero ya se lo han quitado... El caso es que estaba antes enfrascado en los mensajes que no se concretan, en esas llamadas de inteligencia —no sé si me explico— que lanzamos a la conversación para saber si alguien ha encontrado el hilo.
Como decía, estoy dándole vueltas a la cabeza, pensando en el efecto de las palabras a medias. Y me repito porque tengo un amigo en el otro lado de la ventana que necesita instalar un programa y estoy intentando explicarle cómo, pero es que me tiene frito y no damos con la tecla.
Total, que yo estaba concentrado en saber de los principios con final implícito, de los pensamientos incompletos que... El relojito de la cocina me ha dado un aviso para que apague la hornilla, pero a ver si termino este párrafo de una vez.
Cortaré por lo sano, así no hay manera, y dejaré sin acabar este pensamiento incompleto sobre las palabras a medias. Y por si no lo consigo acabar, me sería de una ayuda inmensa que, además de todo lo que ya haces por mí, también estas historias que no termino de escribir, me hicieras el favor de entenderlas enteras.
* * * * *
Subo para terminar, pero, de verdad que subo sin gana. Se ha acabado el agua, se han pegado las verduras, se me ha quemado la olla y el humo de la cocina no es que salte a la vista, sino que la penetra.
Lo peor es que me han regañado las cacerolas, porque ya me tienen avisado de que los desastres son más completos cuanto más a medias se dejan las cosas. Y que al que no tiene cabeza, no hay que hacerle caso. Es mejor darle un estropajo y que se aparte de las teclas.
Será que lo que escribo medio dormido, luego lo leo medio despierto. Que lo que explico cuando estoy medio triste, sólo lo entiendo al estar medio alegre. Por eso a veces noto pápitos extraños en la pantalla y presiento una angina de texto.
Confieso haber creído, en días oscuros, que escribir sólo me conducía a un inútil derramamiento de tinta. Pero, aún así, me empeñaba en ir dejando regueros de palabras dolorosamente implícitas. Porque, después, he entendido que no todo se lo debo dejar a la inexplicable suerte de que haya alguien que lo haga suyo.
Entonces me agarro al bastón, voy cojeando por el pasillo. Me siento en el sillón, miro al techo o juego con la pelotita y me aplico al diagnostico diferencial. Localizo el tejido muerto de las palabras, anestesio el párrafo y, con el bisturí del ratón, corto y pego.
Luego repaso las costuras poniendo algunos puntos de esos que reabsorbe la ortografía. Y una vez hecho el baipás, el corazón me late mucho mejor. Y más deprisa.
Confieso haber creído, en días oscuros, que escribir sólo me conducía a un inútil derramamiento de tinta. Pero he entendido que no. Todo se lo debo a la suerte de que haya alguien que lo haga suyo.
Mientras yo le bordeaba los costados, la noche tenía ya encendidas las luces del parque. Iba enfundado en lo oscuro de la chaqueta y escondido tras la barba a medio afeitar, mirando a todas partes, pisando en cualquier sitio, buscando una hora y no un lugar.
No me vieron desde el coche rojo que había aparcado, allí, justo delante. Yo tampoco quise mirar cuando vi a los ocupantes aproximarse hacia un abrazo y juntar los labios. Los besos y los abrazos son actos íntimos, aunque se realicen en público o con publicidad.
Un recodo más allá, sobre el segundo banco de la derecha, según se mira hacia el ciprés solitario que se aburre entre tanto boje, dos chicas consolaban con media voz y gesto aterido a una tercera que lloraba. No quise mirar cuando suspiró con fuerza para poder así renovar el alivio de los pulmones. El llanto es un acto íntimo, aunque se prefiera el consuelo de hacerlo entre amigos.
Me crucé con el joven sin darme cuenta, sin previo aviso. Quizás salió de un coche recién llegado. Yo iba mirando a la chica delgada y con pelo largo que salía del portal con el móvil abierto, asintiendo con la cabeza y apretando el paso, como si huyera, hasta perderse detrás de una esquina.
El joven tampoco me vio, porque no estaba mirando. Tenía la vista perdida en un punto infinito de la calle, como si le hubiese prestado el alma al interlocutor que se adivinaba en su mano inmóvil sobre el oído. No quise mirar cuando esbozó una sonrisa y se detuvo para envolverse en su propia sombra, un poco más allá de la farola de luz desvaída. La sonrisa es un acto íntimo, aunque se ejecute en público y sean otros quienes la provocan. Y también la huída.
Sé perfectamente que nadie me vio, que no quisieron mirar cuando vacilaron mis pasos dirigiéndome lentamente hacia ninguna parte. Porque la vida es un acto íntimo, aunque suceda en la noche de un parque desconocido y ante los ojos atónitos o distraídos de los demás.
Pero escribir es un acto público, por más que se le procure un entorno solitario y se realice en la más estricta intimidad. Y llegados a este renglón públicamente juntos, aunque quisieras, no podrías negar que has querido mirar más adentro. Ni yo tampoco podría decir que eso no me reconforta.
Padezco un grave desorden mental degenerativo cuya sintomatología consiste en pasar mucho rato navegando en internet, diseñando páginas web para nadie, recorriendo desconsolado los arrabales del irc o skypeando a deshoras. En fases agudas, escucho canciones de Serrat o investigo trucos matemágicos. Lo más grave es que, en ocasiones, veo vivos.
Así que decidí convertir este lugar en un remanso desesperado destinado a conseguir empatía y simpatía. Un intento biográfico de superar la desoladora sensación de ser único y esperar sin miedo el profundo consuelo de no serlo.